
> Diaporama:
los 50 años del GATT y la OMC
(solamente en inglés)
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Introducción Hace
50 años, el mundo surgía de los estragos de la Segunda Guerra
Mundial. En aquella época, el desafío —sin precedente histórico por
sus dimensiones y su complejidad— era reconstruir la estabilidad
económica en un mundo de desorden generalizado y desorganización
masiva, restablecer el sentido de comunidad mundial y sentar las bases
del crecimiento y la prosperidad futuros. Los arquitectos del nuevo
sistema tuvieron que edificar desde los cimientos, en varios frentes a
la vez, y mostraron clarividencia y previsión. Después de cinco
decenios de progreso basado en los cimientos puestos en aquella época,
resulta fácil dar por sentado lo que entonces era nuevo e imaginativo.
La segunda mitad del decenio de 1940 no trató sólo de poner fin a la
guerra más destructora nunca librada, sino también de frenar el
nacionalismo económico destructivo y buscar un nuevo orden mundial.
Hoy
nos encontramos con un nuevo mundo y con una serie de retos. El fin de
la guerra fría y el colapso de las economías dirigidas y controladas,
el surgimiento espectacular de muchos países en desarrollo y el
aumento masivo de las corrientes de comercio y de inversión en todo
el globo han ampliado grandemente las fronteras del sistema
multilateral de comercio y puesto a prueba su capacidad para
administrar una economía de dimensiones mundiales. El comercio, las
inversiones, la tecnología y las comunicaciones enlazan cada vez más
fuertemente en una única economía de mercado un mundo de sistemas
muy diferentes y muy distintos niveles de desarrollo. La creación de
la OMC en enero de 1995 fue el símbolo de la aparición de un sistema
económico más mundial. Si el reto de los últimos 50 años era
cómo gestionar un mundo dividido, el de los próximos 50 será cómo
gestionar un mundo de integración cada vez mayor.
El
cincuentenario del sistema multilateral de comercio es una ocasión
para celebrarlo. Es también una ocasión para la reflexión y la
renovación del compromiso. Dos ideas básicas, tan vitales hoy como a
finales de los años cuarenta, han sido la base del éxito del sistema
en la segunda mitad del presente siglo. Una es el convencimiento de
que un sistema de comercio internacional abierto, con su función de
fomento de la prosperidad económica, es un elemento esencial de paz y
estabilidad internacionales —que el orden económico debe ser la base
de un nuevo marco político y de seguridad. Los dirigentes de 1948
habían sido testigos de la destrucción económica de la Gran
Depresión, cuando el aislacionismo creó una espiral descendente de
la producción y el comercio. Los arquitectos del sistema posbélico
estuvieron de acuerdo en que el único camino para la reconstrucción
y la recuperación económicas era avanzar hacia unos mercados
abiertos y un comercio liberalizado; la experiencia de 50 años ha
demostrado que tenían razón.
La
segunda idea es que la estabilidad y la previsibilidad de las
relaciones comerciales internacionales sólo pueden garantizarse
mediante un sistema de normas mutuamente convenidas, vinculantes para
todos los gobiernos miembros y exigible mediante el procedimiento de
solución de diferencias. La defensa día a día de un sistema basado
en normas ha resultado más fácil porque, al determinar los
resultados económicos, ese sistema daba primacía a los mercados
sobre los gobiernos. Ello no suponía que los gobiernos declinaran su
responsabilidad. Al contrario, se centraron en crear las condiciones
subyacentes para la prosperidad económica y en promover la
liberalización, considerando la posibilidad de intervenir
directamente sólo en casos concretos en que los mercados presentaban
deficiencias. No se esperaba de las normas que determinasen los
resultados sino que definieran las condiciones de una competencia sin
distorsiones.
El
elemento central e idea maestra del sistema basado en normas es la no
discriminación, que surgió del convencimiento de que los pactos
exclusivistas y los bloques preferenciales fomentaron, en el período
entre guerras, rivalidades, inseguridad y conflictos que empujaron a
la comunidad internacional hacia otra guerra mundial. El principio de
no discriminación fue esencial para la estabilidad del sistema en los
años que siguieron. El mosaico de acuerdos que tanto había socavado
la consistencia y la continuidad de las relaciones económicas en el
período entre guerras fue sustituido por un conjunto de normas
unificado. Esas normas fueron las bases políticas esenciales para el
amplio consenso, manifestado a través de ocho Rondas de negociaciones,
de llevar el sistema a sectores nuevos y esferas de responsabilidad
más amplias. Y, lo que es más fundamental, el principio de no
discriminación consagró la universalidad, como objetivo central del
sistema de comercio e hizo que el sistema del GATT surgiera,
especialmente después de la guerra fría, como una gran fuerza
integradora de la economía mundial.
El
principio de no discriminación desempeña también un importante
papel económico. La no discriminación es un principio de eficiencia
en el sentido de que garantiza el acceso a suministros de bajo costo y
permite a los productores vender en mercados extranjeros sin
desventajas impuestas por las políticas en relación con los otros
proveedores. Análogamente, en un entorno de políticas no
discriminatorias, los consumidores pueden elegir libremente entre
distintas fuentes de suministro extranjeras. En un mundo de regímenes
comerciales diferenciados y discriminatorios, realizar operaciones
comerciales a través de las fronteras resulta más complejo y lento,
lo que supone costos adicionales para las empresas y perjuicios para
la competitividad. Así pues, tanto por razones políticas como
económicas, en los 50 últimos años el principio de no
discriminación ha servido bien a los países, grandes o pequeños,
desarrollados o en desarrollo.
La
solución de los problemas con que los gobiernos se enfrentan hoy y se
enfrentarán en el futuro exigirá, como siempre, una acción
concertada en varios frentes. Al considerar cómo puede contribuir el
sistema de comercio a resolver esos problemas, es conveniente que
recordemos lo que ese sistema ha logrado hasta la fecha. Destacan
cuatro realizaciones, que son el cimiento para edificar el futuro.
En
primer lugar, el sistema de comercio GATT/OMC ha contribuido a un
extraordinario período de crecimiento económico y de prosperidad en
aumento. En los últimos 50 años, el comercio ha crecido mucho más
rápidamente que la producción. En promedio anual, las exportaciones
de mercancías han crecido un 6 por ciento en términos reales entre
1948 y 1997 (cuadro 1). En comparación, la producción total creció
a una tasa media anual del 3,8 por ciento, o del 1,9 por ciento en
términos per capita. En las cifras sobre las inversiones extranjeras
directas (IED) puede apreciarse un cuadro similar de compromiso
económico internacional intensificado. Lamentablemente, no se dispone
de datos para todo el período transcurrido desde 1948, pero las
corrientes anuales de IED se multiplicaron por 16 entre 1973 y 1996,
pasando de 21,5 millardos a 350 millardos de dólares EE.UU., con una
tasa de crecimiento anual medio del 12,7 por ciento. El valor
acumulado de las IED pasó de 165 millardos de dólares EE.UU. en
1973 a 3,205 billones en 1996: casi se multiplicaron por 22.
Los
importantes aumentos del crecimiento de los ingresos, creación de
empleo y prosperidad que suponen las estadísticas mencionadas son
atribuibles en parte a la reducción de los obstáculos al comercio
lograda por el sistema multilateral. Desde que empezaron las
negociaciones en 1947, los aranceles medios de los países
industrializados han descendido desde niveles altos de 2 dígitos
hasta menos del 4 por ciento. La mayoría de las restricciones no
arancelarias en frontera han sido abandonadas también. Y el sistema
protege esas mejoras del acceso a los mercados mediante reglas
referidas a cuestiones como las normas y reglamentos técnicos, y las
prácticas de subvención. Desde la creación de la OMC, los esfuerzos
de liberalización se han ampliado al comercio de servicios, para
incluir las transacciones transfronterizas, los derechos de las
empresas a establecer una presencia comercial mediante inversiones
directas en mercados exteriores y el derecho de las personas físicas
a suministrar servicios en el exterior.
En
segundo lugar, el sistema ha ampliado el círculo de participación en
el mercado mundial. Aunque en las primeras rondas de negociaciones
comerciales multilaterales, hasta la Ronda Dillon en 1961,
intervinieron normalmente de 20 a 30 países, en la Ronda Kennedy
(1964-1967) participaron más de 60, en la Ronda de Tokio (1973-1979)
más de 100, y en la Ronda Uruguay (1986-1994) 125 países. En la
actualidad, el número de Miembros de la OMC es de 132, y podría
crecer posiblemente hasta más 160 para principios de siglo. Una
tercera parte de los principales países comerciantes son hoy países
en desarrollo. El fin de la guerra fría reflejó y reforzó esa
ampliación geográfica de los participantes. Los muros que separaban
el Este y el Oeste se derrumbaron, en parte porque los sistemas de
planificación centralizada no pudieron hacer frente a los desafíos
planteados por los mercados libres y el cambio tecnológico. Las
divisiones entre el Norte y el Sur se difuminan a medida que los
países en desarrollo van abandonando la orientación introvertida de
sustitución de las importaciones para pasar a un comercio más
abierto y de mercados más libres. El hecho de que los dos mayores
países que no pertenecen al sistema, China y Rusia, hayan hecho de su
adhesión a la OMC uno de sus objetivos esenciales de política es un
testimonio convincente de la nueva fuerza gravitatoria del sistema.
En
tercer lugar, el sistema de solución de diferencias ha demostrado la
disposición de los gobiernos a respetar las normas. A este respecto,
los resultados han sido impresionantes. En los 50 últimos
años, la inmensa mayoría de los asuntos planteados se han
solucionado, ya sea bilateralmente antes de una determinación
multilateral definitiva, o mediante la aceptación de la decisión de
un grupo especial. Las disposiciones para la solución de diferencias
fueron muy reforzadas en la Ronda Uruguay, que introdujo en los
procedimientos un mayor automatismo y plazos mejor definidos, eliminó
la posibilidad de que las partes interesadas bloqueen la adopción de
las conclusiones de los grupos especiales y estableció un órgano de
apelación. Estas nuevas disposiciones han reforzado la confianza de
los Miembros en el sistema. Hasta mediados de marzo de 1998 se habían
presentado a la OMC 119 asuntos, en comparación con algo más de 300
durante toda la vida del GATT, entre 1948 y 1994. Además, un
número creciente de países en desarrollo están haciendo uso de los
procedimientos de solución de diferencias.
Por
último, el sistema multilateral de comercio ha ampliado y
profundizado su programa para tener en cuenta las nuevas realidades de
las relaciones económicas internacionales. Las normas del sistema,
que al principio iban dirigidas sobre todo a las reducciones
arancelarias, la eliminación de restricciones cuantitativas a la
importación, y a regular cuestiones como la concesión de licencias
de importación, la valoración en aduana y las normas y reglamentos
técnicos, se han ido ampliando cada vez más hasta abarcar el trato
de las personas y compañías extranjeras además de los bienes y
servicios del exterior. Como queda dicho, con la incorporación del
comercio de servicios el sistema adquirió la dimensión de las
inversiones y se han elaborado normas para proteger los derechos de
propiedad intelectual relacionados con el comercio. Se han lanzado
nuevas iniciativas para examinar las relaciones entre el comercio y la
inversión, el comercio y las políticas de competencia y la
contratación pública. Esa evolución se estudia más adelante.
Esa
voluntad de hacer que el sistema pueda adaptarse a las realidades
cambiantes seguirá siendo puesta a prueba en los próximos años. La
combinación de los procesos que producen el fenómeno de la
globalización —la intensificación de las corrientes de comercio e
inversiones, impulsada por la revolución de las comunicaciones, el
crecimiento de la economía de la información y los avances
tecnológicos en el transporte— están cambiando el mundo de tal forma
que la adaptación y la flexibilidad suponen ya una ventaja. Las
limitaciones de tiempo y espacio están disminuyendo y las nuevas
tecnologías están derribando antiguos obstáculos. Se están creando
oportunidades sin precedentes, pero con ellas hay que lograr que los
beneficios de esta nueva evolución se difundan ampliamente.
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